Actualmente, contamos con dos hermosas bodegas, 

de 300 y 450 metros cuadrados aproximadamente,

donde nuestros jamones, tras un lento reposo,

afloran los sabores y aromas ocultos del jamón.

Al salir de los secaderos, las piezas se clasifican por peso, calidad y conformación y pasan a las bodegas para “madurar”. Como el jamón ya no necesita seguir “sudando”, habrá temperaturas más bajas que en el secadero. En la bodega el jamón está  entre los 12º y 20º y la  humedad del ambiente es del 60-75%.

La duración de la etapa de bodega es muy variable,  y depende del grado de merma, textura y aroma requeridos para la pieza. Un hecho relevante durante el período en bodega es la aparición en los jamones del hongo “penicillium roquefortis”, el mismo que madura el queso de cabrales. Gracias a su acción, la grasa termina de estabilizarse al igual que los matices y aromas en el interior del jamón.

Al finalizar este lento reposo, y como consecuencia de estas reacciones químicas naturales, el jamón ibérico habrá envejecido adquiriendo  unas cualidades organolépticas propias y un altísimo valor culinario.